lunes, 4 de julio de 2011

Lejos y sin un mango

Taller literario Cuatro ríos de letras
En el taller literario de Rubén nos dieron párrafos de cuentos conocidos de los que debíamos seleccionar uno y, sin cambiar nada, incluirlos dentro de un relato. Yo elegí el que corresponde al cuento El hombre que amó a las Nereidas, de Marguerite Yourcenar. Se encuentra en negrita, dentro de mi texto.

Lejos y sin un mango

Estaba varado en Méjico, sin futuro ni plata y aunque no deseaba volver con la suma de un fracaso a mi vida, la cercanía de las fiestas de fin de año urgió a mi nostalgia. Revoleé una moneda, salió cruz y me largué.
El viaje de regreso se hacía interminable, como era de esperarse luego de la decisión improvisada de cruzar Centroamérica a dedo y en épocas revolucionarias. El calor del trópico me perseguía ansioso, calcinando cada centímetro de ruta que dejaba atrás mientras los controles de vehículos por parte de los militares se sucedían en cada país, transformándose en un incesante despliegue y exposición de mi ropa y de mis libros.
Nicaragua me tenía demorado. Soportaba los días en una deshecha pensión a la espera del trámite de la visa para seguir a Costa Rica. No andaba mucho por la ciudad. La caída de Somoza era historia cercana y los revolucionarios miraban mal a los gringos que deambulaban por Managua.
En una de esas noches saturadas de humedad, en la cocina de la pensión escuché de un puerto con barcos que iban a Sudamérica. Podría probar suerte y tal vez acelerar el regreso, así que atravesé el país hasta la costa del Atlántico.
Pasaba el mediodía cuando salí de la última de las compañías navieras abatido por la frustración, puesto que eran todos pesqueros que navegaban por el Caribe. Los rayos amarillos cegaban y parecían aplastarme bajo mi ropa inapropiada para el trópico. Me saqué los zapatos porque mis dedos se derretían y crucé la calle en busca de sombra y algo fresco que aplacara el ardor en mi garganta.
Estaba de pie, descalzo entre el polvo, el calor y los hedores del puerto, bajo el deteriorado toldo de un café donde unos cuantos clientes se habían desplomado en las sillas con la vana esperanza de protegerse del sol.
 “Si estos negros tienen calor, qué queda para mí”, pensaba angustiado mientras sopesaba mi precaria situación: a miles de kilómetros de mi país y con unos pocos dólares en el bolsillo no sería suficiente ni para comer una vez al día.
Terminé mi vaso con agua helada, con mucho esfuerzo me puse los zapatos y fui a ver si encontraba algún bodegón donde me dieran un almuerzo a cambio de lavar los platos o limpiar. A los pocos metros hallé un pescador en el muelle, sentado bajo un arbolito triste que no soportaba ni un nido. Me senté a su lado, a la sombra de un par de hojas y le pregunté:
–Jefe, ¿conoce algún restaurante por acá cerca donde pueda trabajar para comer?
–¿Restaurán? Acá no hay de esos, gringo. Tiene el café del Hernández ahí y a la salida del puerto el comedor del Mario Zelaya. En el hotel también daban comida, pero está cerrao de hace mucho.
–Ya pregunté en el café, pero dice que está prohibido dar trabajo a los turistas y como los del ejército pasan a cada rato, lo voy a perjudicar.
–¡Y qué le va a dar trabajo a un gringo el Hernández! Si estuvo siempre con los sandinistas. ¿De dónde viene, gringo?
–Soy argentino. Estuve viviendo en Méjico unos meses y vuelvo a mi país.
–Escuché que hubo argentinos durante la revolución.
–En la pensión que estuve en Managua hay uno. Peleó con los sandinistas y se quedó a  trabajar en el gobierno.
–Vinieron de toos laos. Cubanos la mayoría. Y ahora son los que mandan por acá. Si se va por la costa, más adelante encuentra unas casas que eran de vacaciones de los ricos. Están toditas ocupaas por cubanos…
–No parece muy a favor de la revolución.
–Mire, gringo, yo vivo desde que nací acá en el puerto, saliendo unas cuadras por allá. Desde que me acuerdo estaban los Somoza en el gobierno. Con el Tacho nunca nos molestó el ejército. Ahora toos los días entran a las casas no sé para qué. Dicen que nos van a dar más educación y salud, pero yo todavía no veo nada. Le digo que ni me importa si nos dejan tranquilos con mi familia…
El hombre pescaba con una línea que caía ahí cerquita nomás y al rato picó un lindo bicho amarillo.
–Este pesa como dos kilos. Ya está la comida para mi gente. La vieja lo va a guisar con arroz y maíz. ¿Anda con hambre, gringo? Véngase para la casa y seguimos con la plática.
La casa era muy humilde, igual que la mayoría de la zona. La basura en las esquinas y los baldíos formaba pequeñas montañas desde las que los pibes me lanzaban ataques con armas imaginarias: “¡Tírale al gringo!”.
Había seguido con cierta inquietud al moreno que decía llamarse Francisco Martínez Espinosa. No terminaba de acostumbrarme a estar rodeado de negros y me sentía incómodo cuando dejaban lo que estaban haciendo para verme pasar. Sin embargo la cordialidad con la que fui recibido por su familia me asombró. La admirable dentadura de la mujer de Francisco blanqueaba la penumbra de la cocina y de inmediato se puso a preparar el guiso.
–¡El gringo tiene hambre!– gritaban entre risas sus cinco hijos mientras veían cómo devoraba el manjar en mi plato.
Luego, la hoguera de la tarde los llamó al escape de una adormilada siesta. Me ofrecieron una hamaca paraguaya anudada a la sombra de dos antiguas palmeras y en el soporífero silencio que siguió, me pregunté si fueron suficientes los motivos que me alejaron de mis afectos en procura de una mejor calidad de vida. ¿Qué fin válido podría haber perseguido para obligarme a dejar todo atrás a cambio de un futuro incierto? ¿Deseaba ser feliz? ¿Acaso no era feliz esta familia reunida a la mesa? La felicidad de compartirse superaba la miseria de su pueblo y a la misma revolución que todo lo envolvía.
Al día siguiente, de regreso en Managua, me entregaron la visa para Costa Rica.
–Este viaje va a dar para escribir un libro– dije mientras hacía dedo bajo el sol al costado de la ruta que me llevaba al encuentro de mi tierra y de mi gente.

¡Nos leemos!

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2 comentarios:

  1. Hay quienes dicen que lo escritores viajan para poder escribir, otros que escriben para poder viajar.
    Hoy, hice un viaje por Centro América, el relato me llevò a aquellos años de revoluciones y mochilas cargadas de sueños.
    Gracias escritor. Continúe con el viaje.
    Vlanka.

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  2. Como escribió León Gieco: "todo está grabado en la memoria".
    Algún día deberé escribir ese libro :)
    Gracias por leerme.

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