viernes, 26 de octubre de 2012

Eterno



Los años crearon grietas que modelaron mi rostro, mientras que el tuyo asemeja porcelana fresca. Tus ojos, viejos y sabios como los míos, transparentan la juventud y la esperanza del amor recién nacido; aquel amor que juramos eterno y paladeamos de luna a luna; que jamás escoró por dudas o rencores. Temí porque te marcharas. Sufrí pensando que mi cuerpo anciano y pesado quedaría rezagado ante tu paso etéreo. Que tu lozanía sería seducida por una competencia a la cual no podría enfrentarme. Sin embargo, permaneciste a mi lado. ¿Quién podría separarnos, si la muerte no pudo hacerlo?

© Sergio Cossa 2012

viernes, 12 de octubre de 2012

El "cabezón" Rearte


En el taller del miércoles nos propusimos un ejercicio: crear un personaje cualquiera y que después ese personaje responda a uno de los cuestionarios que se ven por la web y que se atribuyen a Proust.
Me salió esto (plagado de argentinismos)

EL "CABEZÓN" REARTE

Siempre fue un tipo jodido. Su cabeza cuadrada y mal asentada sobre el cuello fino, motivó interminables cargadas desde la infancia. Su carácter irritable y violento lo llevó a imponer condiciones y respeto a las piñas. Marcó el terreno de su vida ayudado por un cuerpo voluminoso, que acentuó con la práctica del boxeo, y solo unos pocos muy cercanos aún se le animan al apodo de “cabezón”.
Desde la adolescencia, su lema principal fue: “ser inteligente no significa estudiar mucho, sino saber acomodarse”. Así, terminó apenas el secundario, entró a trabajar en una fábrica de caños de escape y comenzó su militancia en el sindicato. Poco tiempo pasó hasta que se lo vio en las marchas y en los aprietes detrás de la cúpula sindical, repartiendo amenazas y empujones. A medida que ascendía, recibía mejores coimas y arreglos de parte de los dueños de las fábricas, además, la buena cantidad de delegados que lo seguían llamó la atención de algunos políticos, quienes lo invitaron a integrarse al partido.
Su origen humilde quedó relegado, gracias al piso en el centro y a trajes  de corte exclusivo: “las camperas son para los negros”, solía decir.
A los cuarenta, acomodado y con su poder en crecimiento, se divorció de la madre de sus hijos para juntarse con una modelo de veinte. Pero no se olvidó de su familia: el hijo mayor quiso estudiar Derecho en Estados Unidos y le compró un departamento en Cambridge, cerca de Harvard.
Algunas canas pintan las cerdas del cepillo negro que parece su pelo, pero la mirada ladina y feroz le marca más que nunca los ojos marrones.
Para las últimas elecciones le ofrecieron la candidatura a diputado. El triunfo oficialista estaba asegurado y él quedaría entre los más importantes de la bancada. Pero lo rechazó. Ese cargo lo dejaba expuesto y no le convenía. Había aprendido a crecer desde las sombras y sabía que allí era donde se gestaba el verdadero poder.


Sentado en la sala de espera del odontólogo, con una revista en las manos como pasatiempo, se pone a responder mentalmente el cuestionario que encuentra en las páginas dedicadas al autoconocimiento:

La cualidad moral que prefiere.
De qué moral me habla. La moral del poder es la que manda. El resto viene solo.

Las cualidades que prefiere en un hombre.
Tiene que ser bien cojonudo. Y ágil con la cintura.

Su noción de la felicidad.
A la felicidad hay que ganársela. El viejo decía que con trabajo y salud era feliz. Así le fue. Morirse de un cáncer mal tratado en ese hospital de mierda.

El principal rasgo de mi carácter.
Cojonudo y con la cintura ágil, como dije antes.

¿Cuál es el colmo de la miseria?
Miserable es el judío de mierda que me persigue hace años, por el crédito que no le pagué. ¿Eso estará preguntando?

¿Por cuáles errores tiene mayor indulgencia?
Por alguno mío nomás.

Sus directores preferidos.
Menotti y Bilardo.

¿Cuál es su ocupación favorita?
El afano que no se note. Antes era la de testaferro, pero ya subí ese nivel.

¿Quién le gustaría haber sido?
El “turco”, quién más.

¿Qué es lo que más aprecia de sus amigos?
Amigos las pelotas, el único que se la banca es el Jorge. Ese es de fierro. 

¿Cuál es su principal defecto?
Pasarme de largo con los cojones. A veces me juega en contra.

Si fuera un libro ¿cuál sería?

Si fuera un animal, ¿cuál sería?
Un toro de los bravos y con mucho huevo. También por los cuernos que me mete la hija de puta de la Yanina, pero ya la voy a agarrar.

Si fuera una flor ¿cuál sería?
Quién será el marica que escribe esta mierda.

Si pudiera reencarnar en persona o cosa, ¿en quién escogería?
Otra vez pregunta lo mismo. Habría sido el “turco”.

¿En qué consiste el amor?
Qué mierda sé yo.

¿Cuál es su mayor extravagancia?
Cojerme a la secretaria de la ministra en el baño del ministerio. Linda turra.

¿Cuál es su objeto más preciado?
Mi anillo de diamantes.

¿Cuál ha sido su mayor triunfo?
Haberle cagado la carrera en el sindicato al “mono” González. No se le animaba nadie a ese hijo de puta.

¿Cuándo y dónde es más feliz?
En el Caribe. Me caga de gusto ese país.

¿Cuáles son sus pintores favoritos?
El Berni ese. Me gustó la cara de muertos de hambre que les hizo a los laburantes en el cuadro que está en el sindicato.

¿Y actores y actrices de cine?
Chuc Norris y la que trabajó en Misión Imposible.

Si fuera una silla ¿de qué estilo sería?
De fierro.

¿Cuál ha sido su viaje inolvidable?
Al Caribe, ya lo dije.

¿Qué le disgusta más de su apariencia?
Las canas que empiezan a aparecer. Aunque algunas boludas dicen que me queda lindo.

¿Cuál es su mayor temor?
Caer en cana.

¿Cuál es su vicio?
Las pendejas. Y la blanca, pero me estoy cuidando.

¿Cuáles son sus platillos favoritos?


–  Señor Rearte, pase, el Doctor lo espera.


© Sergio Cossa 2012

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Ilusiones perdidas

La gente amiga de Triple C - Cofradía del Cuento Corto, mes a mes organiza concursos que nos estimulan a los que  nos animamos a escribir palabras bajo alguna consigna.
En julio, en su concurso a partir de una imagen, tuve la suerte de que un micro mío fuera el ganador. Y eso simplemente me da mucha alegría.

Gracias a tod@s.

Ilusiones perdidas - certificado - Sergio Cossa


La imagen propuesta era esta

Foto de baldes y escalera


Y este fue el micro que escribí.

Ilusiones perdidas


Los días de lluvia son los preferidos de Daniel Baroni. Cepilla con esmero el esmoquin roído, se viste ansioso, toma la caja de cartón con su tesoro y sale a la calle. Su cara reluce bajo el aguacero, mientras sortea figuras grises, rumbo a la estación del metro. Dentro del hall, al pie de la escalera, desenvaina la batuta descolorida y se dispone a dirigir la orquesta. Los primeros instrumentos que hace entrar son las gotas que caen en los baldes de los escalones. Sus manos llevan el compás y dan paso a las finas goteras que repican sobre la baranda metálica. Al final, entran las que suenan contra los acrílicos. Manso en algunos pasajes, en otros enérgico y vehemente, llena el lugar con música y se dibujan círculos de público a su alrededor. Cuando finaliza el concierto, su reverencia es acompañada por el aplauso burlón de los curiosos. Algunos le arrojan monedas antes de marcharse.


© Sergio Cossa 2012

martes, 18 de septiembre de 2012

Lo que no es de uno




A las cuatro de la madrugada el sueño termina y Fabricio abre los ojos. El aire frío de la habitación invade sus pulmones, invitándolo a permanecer en la cama. Se esfuerza por levantarse y enciende el ordenador sobre la pequeña mesa a su lado. La claridad metálica de la luz del monitor lo ayuda a encontrar la ropa helada. La cocina es apenas una hendidura en una pared del monoambiente; prende el horno para calentar el lugar y una hornalla donde hay una jarra con café. Luego, comienza a teclear el algoritmo de programación que soñó hace unos instantes.

Un murmullo lo sobresalta y vuelve su vista a la cama. Del acolchado escapa un pie de Camila, enfundado en una media rayada. Por la otra punta asoma su revuelta melena rubia. En el medio, en el revoltijo de sábanas y colchas, adivina la serpiente de su cuerpo perfecto. Las curvas treintañeras que deseaba desde hace tiempo.

Programa hasta las seis y regresa a la cama. Su cerebro excitado debido a la concentración lo mantiene despierto. Mientras se relaja, repasa su condición de vida y los cambios que han ocurrido.



Aceptaba que era un mediocre analista programador. Durante años deambuló por empresas de desarrollo de software, hasta que lo contrataron en una multinacional que controlaba los sistemas informáticos de las autopistas. A pesar de sus treinta y dos años, ingresó con sueldo de principiante, apenas suficiente para escapar de la pensión donde subsistía y alquilar ese diminuto apartamento. No disponía de calefacción y las manchas de humedad invitaban a imaginar figuras, pero allí, al menos gozaba de privacidad.

En la empresa lo habían instalado en un cubículo diminuto y al poco tiempo le acoplaron otro recién ingresado. Un joven quien le recordaba sus primeros pasos después de acabar la carrera de sistemas y le ocupaba el escaso espacio libre que disponía.

–Hola, soy Jeremías. ¿Sos de Capital?– preguntó el nuevo.

–Fabricio. Rosarino.

–Yo también soy del interior. De un pueblito cerca de Córdoba. Terminé la carrera de analista y me salió una beca para trabajar acá y hacer la licenciatura.

–Ajá.

–¿Vos sos analista?

–Sí.

Hablaban de espaldas, pues el lugar no permitía siquiera girar las sillas.

–¿Hace mucho que trabajás acá?

–Dos meses. Che, flaco, está todo bien, pero terminá con la charla que estoy laburando.

Durante las diez horas que permanecía en la empresa, lo único que veía eran los tabiques de madera pintados de gris; las pausas para servirse café o ir al baño se transformaban en recreos. Intercambiaba algunas palabras con sus compañeros y admiraba las piernas de Camila, la rubia encargada de diseño web, que se ofrecían sabrosas bajo su minifalda. Su aspecto exuberante se destacaba como una pirámide en un mar de arena. Una pirámide inalcanzable, según los comentarios.

Dos mañanas a la semana, el plantel se reunía en la oficina del jefe de programadores para analizar el avance de los desarrollos. Fabricio padecía esas juntas de trabajo. Allí quedaba expuesta su mediocridad y terminaba con la impresión de que prescindirían de sus servicios en cualquier momento.

Una de esas mañanas percibió que los ojos verdes de Camila se detenían sobre los suyos. ¿Habría sido una coincidencia? Para quitarse la duda se acercó a ella junto a la máquina del café.

–Cami, siempre me pregunté si vivís por acá cerca.

–¿Y por qué te lo preguntaste?

– Porque podría invitarte a tomar algo cuando salís, si no tenés que viajar lejos.

–Vivo a quince minutos, pero igual te agradezco la invitación. Tengo planes para hoy.

–¿Y habrá algún día que no tengas planes?

–¿Esa pelada que tenés es natural o te rapás porque te dijeron que te queda bien?

–Es natural. Después de los veinticinco me quedé sin pelo.

–Mirá, Fabricio. Me gustan los pelados como vos. Sos atractivo, tenés buen lomo… ¿pero, sabés qué? Necesitás subir varios escalones. Así que dejalo ahí. Quién te dice más adelante… aunque por lo que se comenta venís mal para un ascenso.

No le duró mucho el desaliento. El rechazo de Camila fue por una cuestión de estatus. Al final, provocó un rebote positivo en su ánimo. Si su problema era la mediocridad, entonces la superaría, si no con sapiencia, al menos con esfuerzo. De regreso a su apartamento preparó una jarra con café y se sentó frente al ordenador para continuar el trabajo que desarrollaba en la oficina. Analizó líneas de código; fue y vino por los algoritmos; buscó información en internet y deslizó preguntas en los foros de programadores. Pasada la medianoche poco había avanzado. Cinco horas de batalla mental y aún le quedaba un módulo que no podía resolver. Sin embargo, su decisión de esforzarse lo conformó. Miró a su alrededor, sus cosas, su trabajo, las cuatro paredes del pequeño ambiente y se dijo: “Este es mi lugar en el mundo”. Se fue a dormir agotado.

Abrió los ojos y buscó el reloj en la oscuridad: las cuatro. Como un autómata se levantó y encendió el ordenador, esperó ansioso a que se inicializara y tecleó lo que acababa de soñar: la solución a su módulo imposible. El nuevo código era exquisito, magistral. Encajaba como la pieza que completaba el rompecabezas. ¿Funcionaría en la oficina? No esperó a que amaneciera. La empresa contaba con una guardia permanente y los servidores jamás se apagaban. Llegó, introdujo su trabajo en el ordenador y comprobó que el sistema marchaba perfecto.

Durante el día repasó la lógica con la que había intentado resolver el módulo. Sus análisis habían pasado muy lejos de la dirección correcta. Terminó vinculando el hecho fortuito de la resolución a que su cerebro, estimulado por el esfuerzo, trabajó en forma subconsciente hasta dar con la fórmula.

Volvió a ocurrir dos noches después. A la misma hora lo despertó un sueño similar, con un nuevo código que resolvía lo que debía desarrollar. No se lo atribuyó al esfuerzo de su cerebro, puesto que se había acostado pasado de alcohol luego de una cena con sus compañeros de trabajo.

Después de un mes de repetirse el hecho con frecuencia desistió de preguntarse qué ocurría. Cómo y por qué brotaban esos sueños. Cuál era el disparador que encendía la química de sus neuronas para que dibujaran algoritmos perfectos en su mente. Porque no solo aparecía la solución, además, su calidad era insuperable.

La empresa reconoció sus logros. Recibió elogios y le otorgaron un cubículo espacioso y a solas. La exigencia a su trabajo también creció, por lo que planeó una rutina que se adaptaba a sus actividades nocturnas. Durante el día se relajaba, leía, interactuaba en las redes sociales y cargaba el pendrive para llevarse el trabajo a su apartamento. Cenaba temprano y se dormía con la certeza de que el anhelado sueño lo despertaría a la madrugada.

–Los gerentes te mandan una buena noticia: desde el lunes te hacés cargo del Proyecto Ruta Quince– le dijo su jefe.

–¡El Ruta Quin…!

–Después de que te cambies a la oficina azul se te indicará el equipo de trabajo que vas a dirigir. La verdad es que hace diez meses no daba nada por vos. Ahora tengo que felicitarte.

Sería líder del grupo de desarrollo del proyecto más ambicioso de la empresa. Implicaba un incremento en sus responsabilidades, pero además un destacado cambio de estatus y un sustancial aumento de salario. La oficina azul era una de las dos vidriadas del salón y le ofrecía una vista panorámica del cubículo de Camila.

–Debo reconocer que subiste los escalones muy rápido. Parece que teníamos un Bill Gates escondido– le dijo la rubia una tarde.

–Bill Gates nunca aprendió a programar y trepó las escaleras mucho más rápido que yo. Pero bueno, acá estoy.

–Y decime, ¿sigue pendiente aquella invitación a tomar algo?



Ahora la disfruta a su lado, siente el calor de su cuerpo y su respiración sosegada. Se duerme con una mano apoyada en sus caderas.

–Fabri, lo de anoche estuvo fantástico, pero vas a tener que hacer algo con tu casa. ¡Es una heladera!– comenta Camila mientras desayunan.

–Lo sé. Ya estoy pensando en mudarme. Te cuento algo: me buscan de otra empresa para un cargo de analista ejecutivo.

–¡Mi amor! ¿Y es una buena propuesta?

–Sí. Antes de que me dieran el Ruta Quince los había llamado por si necesitaban programador. De alguna forma se enteraron de mi ascenso y me quieren llevar.

–¿Y qué vas a hacer?

–Creo que voy a aceptar. Es un mejor puesto y mayor salario. Acá tengo poco más de un año de antigüedad, así que no pierdo nada. Hasta me podré comprar un auto.

–Entonces no demores mucho en decidirte, corazón. Me gusta estar al lado de los mejores.

Unos días después envía el telegrama de renuncia y su jefe estalla contrariado:

–¡Nos abandonás en medio de un proyecto y para trabajar con la competencia! A los que nos dejan, los invitamos a regresar si les va mal. Pero vos no te molestes en volver.

–No te preocupes, voy a estar mejor que acá.

Luego de establecerse en la nueva empresa, pedirá que incorporen a Camila y a Jeremías. El cordobecito es el único que lo ayudó cuando no encontraba el rumbo, antes de que comenzaran sus sueños extraordinarios. Vive lejos de la capital y viaja dos horas para llegar al trabajo.

–Jere, en unos días desocupo el monoambiente; me mudo al centro –le dijo–. ¿Por qué no te cambiás ahí? Es barato y te ahorrás horas de tren. Te salgo de garantía para el alquiler, si querés.



El edificio de la nueva compañía lo intimida con su cuerpo de acero y vidrio. Lo presentan con el énfasis que demandan sus antecedentes y se instala en una luminosa oficina del piso veintidós. Desde allí ve cómo el sol da de lleno sobre el complejo de apartamentos al que se mudó. Alquilar ese piso amoblado es una apuesta económica fuerte, pero las apariencias de su nuevo nivel de vida lo exigen.

Mientras los gerentes diagraman el área que tendrá a su cargo, le entregan una serie de módulos a desarrollar de urgencia.

–Comprendemos que esta no será su ocupación en la compañía, Fabricio, pero la reestructuración nos atrasó con los plazos de entrega y no podemos distraer personal– le dicen.

Dedica el resto del día a interiorizarse sobre los sistemas a resolver y deja el trabajo a su mente, para que lo concluya mientras duerme.

Esa noche, rechaza el pedido de Camila para ir a conocer el apartamento. Desea disfrutar en soledad de la calidez de su nuevo hogar. Compra comida y cena con buen vino. Lo rodea un entorno muy distinto al que tenía en el monoambiente. Los muebles, el espacio. Un gran televisor reemplaza a las manchas de humedad y el ordenador ya no está pegado a su cama: cuando el sueño lo despierte, irá al estudio que montó en la habitación contigua.

La claridad de la mañana lo impulsa a sentarse en la cama. Se despereza, prepara café y enciende el televisor con un repique de alarma en el subconsciente. ¿Qué está mal? El reloj indica las nueve y cinco, no llegará tarde al trabajo. Se durmió rápido y profundo gracias al vino y se siente descansado. ¿Qué está mal?

Mientras muerde una tostada lo comprende: ¡no ha soñado! No se despertó a las cuatro con la solución de los programas. Es la primera vez que le ocurre y marcha hacia la compañía con los pensamientos revueltos. Durante el día se tranquiliza. Se dedica a repasar los códigos, los cuales no termina de entender y confía en que esa noche volverá a soñar.

Soporta el mal humor de Camila, ante un nuevo rechazo de pasar la noche juntos. Come liviano y no prueba el vino. Duerme mal y se despierta de a ratos mirando el reloj. Las dos, las cuatro, las seis. El amanecer lo descubre con los ojos abiertos y demasiados interrogantes.

Durante las noches siguientes intenta diversas opciones. Invita a Camila, sale con amigos y regresa tarde; combina comidas, bebidas y compañías. Pero los sueños reveladores no regresan.

En varias oportunidades los gerentes le solicitan que termine los módulos. Los reclamos pasan de comentarios como: “Imaginamos que se está adaptando”, a otros más tajantes: “¡Necesitamos entregar eso mañana! ¿Seguro que lo sabe hacer?”

Veinte días después le dicen:

–Fabricio, nos preocupa su falta de resolución en este tema. Vamos a tomarnos un tiempo antes de confiarle la dirección ejecutiva del área de desarrollo. Tal vez necesite unos meses de adaptación. Lo reubicaremos hasta que retorne al nivel que indica su currículum.

No vuelve a despertarse con la solución a los programas. Pasa por descensos continuos sufridos por su ineptitud, hasta que lo ubican en el sector de diseño básico, junto a los jóvenes ingresantes. Su salario disminuye en forma paralela y debe abandonar el lujoso piso a cambio de un descascarado apartamento en la provincia. Igual suerte corre su estado anímico. Le resultó fácil acostumbrarse a una vida placentera, más su corazón no tiene el temple para soportar el descenso a un nivel de subsistencia precaria.

Evita contarle de su debacle a Camila, hasta que la situación se torna insostenible y un atardecer caluroso, mientras toman una cerveza en un bar, le confiesa:

–Tuve que abandonar el piso. Me va mal en la compañía y me bajaron el salario. No me alcanzaba para pagar ese alquiler.

–¿Cómo es eso? ¡¿Cómo te van a bajar el salario en un cargo ejecutivo?!

–Es que ya no tengo ese cargo… No quería decirte, pero hace un tiempo me pasaron como programador junior.

–¡¿Programador junior?! ¿Y para dónde te mudaste?

–Conseguí un apartamentito para el lado de Berazategui. Es medio chico, pero tengo buenas combinaciones de transporte.

–¡¿Berazategui?! ¡Tenés como tres horas de viaje en micro!

–Y sí…

Después de esa tarde la rubia desapareció de su vida. Al principio le presentó excusas para evitar una cita y por último ya no contestó a sus llamados.



Añora la buena calidad de vida que le permitían sus inusuales sueños y a Camila, que completaba aquel cuadro hedónico. Va a buscarla a su trabajo y ronda nervioso por la esquina de la empresa, atento a la salida del personal.

–¡Fabricio! ¡Cómo andás! –le dice Jeremías, quien es el primero en aparecer.

–Bien. La espero a Camila. ¿Está todavía en la oficina?

–No. Se fue temprano con uno de los gerentes.

–Ah…

–Che Fabri, al final nunca te agradecí por la garantía que me firmaste para el monoambiente. La verdad es que me hiciste un gran favor.

–Sí. Todo bien.

–¿Cómo andan tus cosas? ¿Disfrutando esa vida de ejecutivo?

El cordobecito parece no tener apuro y él solo desea esfumarse del lugar.

–Sí, todo bien che.

–A mí me va genial. En el trabajo y en la facultad. Mudarme a ese apartamento me cambió la vida.

–Me alegro.

–¡De veras! Me despierto todas las noches a las cuatro en punto. Abro los ojos y tengo en la cabeza la solución a los programas que estoy desarrollando. Qué loco, ¿no?


© Sergio Cossa 2012

viernes, 14 de septiembre de 2012

Hechizos


Hechizos - Microrrelato - Sergio Coss


El pincel del atardecer apaga los brillos del jardín del palacio. El sapo sale del hueco bajo el árbol y se encamina hacia el pueblo. Baja de dos en dos los peldaños de las escalinatas; se escurre entre las piernas de los guardias; esquiva los mordiscos de un perro curioso; escapa a las garras de un búho; cruza la calle empedrada sorteando carros y caballos y entra a una casa por el agujero de la puerta raída. La joven que lo espera lo besa y el sapo se transforma en príncipe. Un desenfreno de licor y sexo los une hasta el amanecer, cuando el príncipe vuelve a ser sapo y regresa al escondite del jardín.
La joven observa en un espejo cómo su piel se arruga, su nariz se alarga y el cabello se transforma en greñas secas. Se dirige a la cocina para preparar el hechizo que renueva su lozanía. El que vertió en la copa del príncipe durará varias semanas.


© Sergio Cossa 2012

jueves, 30 de agosto de 2012

Revista trimestral de Falsaria





La red social literaria Falsaria acaba de publicar su primera revista trimestral. La misma se compone de cuentos, microrrelatos, poemas y textos de no ficción, recopilados entre los treinta autores más votados en esa red por cada trimestre. En total, más de cuarenta textos de escritores que solemos participar allí.

Tuve la suerte de que el micro El duelo, que escribí hace un tiempo y que también se publicó en la revista Narrativas, quedó seleccionado para esta primera edición.


Desde ya, mi agradecimiento a los que dedican su tiempo para estas promociones.

Un saludo a todos.


© Sergio Cossa 2012


martes, 28 de agosto de 2012

El anuncio


El anuncio - Microrrelato - Sergio Cossa


El Presidente se dispone a dar un anuncio a la Nación y los miembros del gabinete deambulan desconcertados. Ministros y Secretarios intercambian consultas sobre cuál es el motivo del discurso, pero nadie lo conoce. Los rumores circulan de un despacho a otro y se formulan hipótesis que van desde una renuncia presidencial, hasta la expulsión de algún corrupto. Al acercarse la hora, el nerviosismo se incrementa. Se generan enfrentamientos entre críticos y aduladores, quienes se acusan mutuamente de ocultar información.
En el pico máximo de tensión, el Presidente habla a su pueblo.
Las repercusiones son variadas. Sus partidarios afirman que ese acto de grandeza no cambiará el derrotero de la Nación. Los opositores se muestran abiertos y aceptan la noticia sin atacarlo. Las iglesias consideran que la nueva situación es inaceptable. La Primera Dama informa, a través de sus abogados, que exigirá el divorcio. Los miembros de la comunidad homosexual aseguran que ellos ya lo sabían.

© Sergio Cossa 2012

martes, 21 de agosto de 2012

En decadencia



Drácula - En decadencia - Microrrelato - Sergio Cossa


Quinientos veinte años de salvaje vida nocturna minaron la salud del Conde. Al batir sus alas, el dolor de los huesos y las articulaciones es insoportable; su radar de vuelo ha perdido precisión y en varias oportunidades acabó estrellado contra un árbol. Sin embargo, son sus colmillos los que le causan verdadero sufrimiento. Antes filosos y seductores, sus puntas romas no logran penetrar siquiera los cuellos de las jóvenes, quienes, humillantes, lo arrojan a través de las ventanas de sus dormitorios.
De visita al médico, recibe una prescripción rigurosa: debe cambiar Transilvania por algún país con clima más benévolo y suplir su dieta con polillas y otros insectos nocturnos.
Siente como si le hubieran clavado una estaca en el corazón.

© Sergio Cossa 2012


lunes, 6 de agosto de 2012

La máquina




Nuestra amiga Luisa Hurtado González mantiene un blog muy visitado: Microrrelatos al por mayor.
Entre sus excelentes micros, suele incluir algunos con temática ecologista.
En la entrada de hoy, veo con gusto que aparece uno mío: La máquina.
Los invito a que se lleguen a leerlo y a disfrutar de la inmejorable ilustración de Amparo Martínez Alonso.

Un abrazo a ambas y gracias por publicarme e ilustrar mis letras.

© Sergio Cossa 2012

viernes, 3 de agosto de 2012

Las últimas notas




Sentado en la cama la observo. Ajusta el violonchelo entre sus piernas, lo acaricia y comienza a llenar de nostalgia la habitación. Hemos discutido hasta cansarnos y decidimos terminar. Un rayo de sol resalta el cobre de su cabello y los cristales que caen de sus ojos. El arco desciende en acordes graves. Me detengo en su perfil, en esos labios afligidos y recuerdo las sonrisas de otros atardeceres. Luego tomo mi maleta.

© Sergio Cossa 2012